miércoles 21 de mayo de 2008

Estatuaria (V). Granada: cristofascismo y zombis


Manuel Harazem

Supersticiones - Martes 31 de mayo de 2005

Fuente: http://manuelharazem.blogspot.com/2005/05/estatuaria-v-granada-cristofascismo-y.html

Cada uno se reconforta con lo que puede. A mí me ha reconfortado, después del empacho de berrinche que me cogí tras leer la edición del diario Córdoba del domingo y que comentaré en otra anotación, el hallazgo de la columna de Justo Navarro en la edición de Andalucía de El País (domingo, 29 de mayo) en la que participa de mi paranoia de las estatuas urbanas. Comenta que acaban de colocar (ganas me dan de llamarlo cagar) una nueva estatua junto a El Corte Inglés de Málaga: un jesuita de hierro con su sotana y su bonete de varias puntas que responde al nombre de reverendo padre Tiburcio de Arnáiz, Apóstol de los Pobres y Servidor de Jesús. Comenta que a pesar de que en la peana aparece la leyenda “erigido por suscripción popular”, tras hacer un serio sondeo entre conocidos suyos de derechas y de izquierdas, llega a la conclusión de que al popular frailón no lo conoce ni dios. Aún así, el meapilas Ayuntamiento de Málaga ha contribuido a su erección. La erección de estos enhiestos monumentos en las calles de nuestras ciudades simbolizan mejor que nada el viril empeño de dominio que las élites tradicionalistas no desisten de mostrar. Lo expresa de maravilla el escritor malagueño para terminar la columna:

Si yo hubiera entrado en el centro de Málaga desde levante, por el paseo marítimo, me habría cruzado con la estatua de Cánovas del Castillo, constitucionalista conservador y restaurador de los principios católicos, habría pasado la estatua del marqués de Larios, terrateniente y potentado prócer de la comarca, y habría llegado a donde estoy, a la tercera estatua, el Reverendo Padre Tiburcio Arnáiz, caritativo con los pobres. Las autoridades competentes eligen muy bien las estatuas: ésta es nuestra historia, lo que merece ser recordado, nuestra memoria inducida e inconsciente. Estas tres estatuas ofrecen en un solo paseo un espléndido resumen de los fundamentos de la historia local y un esquema consistente de sus valores de toda la vida.

El anterior fin de semana lo pasé, como ya dije, en Granada. Paseos por la ciudad, goce parsimonioso de la amistad y como siempre, y en todas las ciudades, la constatación dolorosa y su trasunto de indignación, de que las empresas constructoras son las verdaderas dueñas de las riendas del carro municipal, manteniendo las calles y plazas en constante removimiento de tierras y adoquines, la mayoría de las veces por causas inútiles (salvo su propio enriquecimiento) y con resultados vistosamente chapuceros. De que las inmobiliarias corrompen, voracísimas, las voluntades políticas que podrían evitar la destrucción de patrimonios tan valiosos como la vega de Granada, ya casi perdida sin remedio. Los políticos (todos, de izquierda y derecha) mientras tanto se mecen en sus brazos acunados por el tintineo del metal o por el susurro de la efímera gloria de sus legislaturas, y mantienen contentas a las élites carcundosas que forman la entraña putrefacta pero poderosa de la ciudad, aireando sus inciensos y erigiendo en las plazas de todos sus símbolos exclusivos: frailes, vírgenes, reyes, dictadores. Emporcando las esquinas de sus calles con sus nombres en mármol. Participando, orondos, disfrazados de pingüinos vergonzantes, de sus procesiones más inverosímiles, más reaccionarias. La vergüenza es un pájaro que se escapa fácilmente por entre los barrotes de la jaula de la dignidad. El alcalde de Sevilla debería mirarse al espejo alguno de esos pegajosos jueves de junio con más atención. Algunos concejales de Granada, también. Y en Córdoba, doña Rosa debería también escucharse alguna vez detenidamente alabar ciertas cosas y a ciertos individuos.

Granada es una ciudad especialmente pródiga en oprobios urbanos cristofascistas, amén de festejos intolerables como la de la Toma. El inefable Díaz Berbel, alias Kiki, alcalde del PP durante años, dejó muy alto el listón de barbaridades. No sólo retiró la granadinidad a los impresentables individuos que no sintieran amor por la Virgen de las Angustias, y tiñó con la sospecha de mariconería a todo el que escribiera versos, sino que llenó la ciudad de horrorosas esculturas perfectamente dinamitables (metafóricamente, claro, que hay que andar últimamente con un cuidado...). Ahí van unos ejemplos (*):


Monumento a Fray Leopoldo de Alpandeire que fue colocado justo en el centro de la plaza del Triunfo, ante la puerta nazarí de Elvira, durante el reinado de Kiki I El Estrafalario. Ha sido trasladado a un rincón discreto de los jardines del Triunfo.











Conjunto dramático-grotesco que representa a San Juan de Dios socorriendo a sus pobres favoritos. En la entrada principal de los jardines del Triunfo.








Espantosa representación de un arriero alcohólico y su burro con cara de zombi (el arriero, no el burro) colocado también hollando suelo granadino, muy cerca del mercado de san Agustín, en tiempos de Kiki I. Las protestas populares fueron sonadas. Pero ahí sigue. No sé como algunos desaprensivos acercan a sus niños para fotografiarlos junto al burro a riesgo de que las criaturitas acaben traumatizadas por el horror de por vida.



"GRANADA A JOSÉ ANTONIO". La mayor de las vergüenzas para esa ciudad hermosa y viva. La infamia permanente junto a la plaza de la heroína de la libertad, Mariana Pineda. Los responsables de que se mantenga esta vileza merecen recibir de por vida apelativos irreproducibles.





(*) Como olvidé la cámara de fotos en casa, mi colega y anfitrión Bit Ramone se ofreció a hacer las fotos para mí.

Foro por la Memoria - Federación Foros por la Memoria